viernes, 30 de mayo de 2008

Cuarenta y cuatro.

Taboule.


Cuando organizábamos las cenas y comidas comunitarias a mí solían pedirme siempre que preparara el mismo plato: taboule.

Esta noche estoy invitada, aunque saben que, como todavía no me he ganado el alta en el delicado asunto de la desintoxicación, no voy a aparecer por allí. No obstante, la estoy preparando. Alguien de ellos pasará dentro de un rato por aquí y será como si nunca lo hubiéramos dejado. Lo que no esperan es que, junto con la ensaladera, les envíe mi receta. Es tan sencilla de preparar que, aunque a mí no me importe hacerla, no puedo acabar de creerme que desde que no estoy allí no hayan vuelto a tomar. Pero también puede ser una excusa para que vuelva. No sé qué pensar, ya me dirán.

Ingredientes

Cous-cous, preparado según indique el paquete, tomates maduros, cebolleta, perejil, menta fresca, pepino, pimientos verdes, aceitunas negras, zumo de limón, aceite de oliva.

Elaboración

Cuando el cous-cous esté frío, poner en un cuenco, regar con el zumo de limón y el aceite, remover para que lo absorba bien y añadir el tomate, el pepino, la cebolleta y el pimiento picaditos muy pequeños. Por último, mucha cantidad de perejil y de menta fresca, muy picaditos, y las aceitunas negras para decorar.

jueves, 29 de mayo de 2008

Cuarenta y tres.


El día que (vistos los resultados de los análisis de sangre, que me recomendó por ver si en ellos se descubrían los motivos de la inapetencia y la dejadez) el médico me prohibió -entre otras cosas a las que no di importancia porque no suelen entrar en mi dieta- comer chocolate, creí que era motivo suficiente para el suicidio.

Desde ese momento han pasado cuatro meses y no sólo no he muerto sino que, además, he conseguido perder el hábito de la onza de chocolate nocturna. Aunque me dolió. Las primeras semanas me dolió en el alma la falta de ese sustituto de otras dulzuras, de otras caricias, incluso de otros besos con los que ya nunca podría contar. El próximo lunes toca de nuevo que me saquen un poco de sangre para una revisión de las cifras, a ver si van dejando de ser preocupantes. Así que no es el mejor momento para rendirme. Aún sabiéndolo, hoy no sé si me voy a poder resistir. Tengo una pequeña tarrina de häagen dasz de chocolate en el congelador. Y no estoy segura ni de que vaya a llegar entera a la hora de la cena.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Cuarenta y dos.

El genial Forges, en El País.

La entrada de hoy no es más que un guiso de refritos. El tema, aunque cocinillas -de la rama tradicional, aunque en algunos momentos puntuales de mi vida haya sentido deseos de experimentar- me ha interesado más por la polvareda que se ha levantado a su alrededor, aunque imagino que esa era precisamente la intención de Santi Santamaría.

El pasado domingo, Manuel Vicent, al que admiro tanto cuando escribe como cuando cocina, en su columna de la última página de El País publicó uno de los análisis de la cocina de diseño más lúcido que he leído en los últimos años. Reproduzco sólo un párrafo, pero vale la pena leerlo completo:
Puesto que ahora en el mercado hay de todo, el mérito está en hacer del exceso un arte conceptual. Gracias a este juego de manos algunos cocineros han alcanzado la celebridad de los más insignes artistas. Sus restaurantes parecen laboratorios de farmacia donde se elabora una comida basada en espumas y emulsiones muy propia para desdentados. En la puerta de esos restaurantes habría que colgar este cartel: "Prohibido entrar con hambre". Porque allí no se va a comer.
Por otro lado, en Directo al Paladar, blog de cocina que vuelve a estar entre mis favoritos, después de las últimas incorporaciones de colaboradores, lanzaron ayer la pregunta del millón: ¿conoces a alguien que haya comido en El Bulli? Yo sí, tengo dos amigos que han cenado -hace algunos años, cuando se empezaba a entronizar a Ferran Adrià, y de casualidad- allí. Igual soy de las pocas personas normales que puede responder afirmativamente a esta pregunta y eso, sin duda, debería hacer reflexionar a muchos de los que, interviniendo en la polémica, se han lanzado en su defensa con la única referencia de los miles de artículos elogiosos que en los últimos años se han impreso a mayor gloria de su popularidad*. Mis dos amigos -los que cenaron hace años en El Bulli- me hablaron del sitio con auténtica reverencia. Tanta, que me pareció incluso que no hacían más que falsos elogios, movidos por el mimetismo de la pedantería en la que en esa época estaban los dos en plena fase de inmersión. Aún así, yo soy de las que lo ha intentado -sin resultados- durante tres veranos seguidos, aprovechando la cercanía del lugar en el que pasaba mi semana de vacaciones familiares. Por pura curiosidad. Porque me gusta saber de qué hablo cuando hablo y el tema de la cocina de laboratorio salía en muchas de las conversaciones que mantenía con el grupo de cocinillas con el que me solía juntar a cocinar y cenar.

Y bueno, que siempre he pensado que esa burbuja algún día tenía que estallar. Que haya sido de la mano de Santi Santamaría es lo que se esperaba, porque nunca ha sido de los que se callan. Ya lo demostró en las sesiones de Madrid Fusión hace un par de años y ahora, que le venía bien la polémica para publicitar su libro, no lo iba a dejar correr. Lo malo es que, por las formas, se ha puesto a gran parte de la profesión en su contra. Los otros, los que piensan como él, irán saliendo. Porque seguro que los hay.

* popularidad.

(Del lat. popularĭtas, -ātis).

1. f. Aceptación y aplauso que alguien tiene en el pueblo.

martes, 27 de mayo de 2008

Cuarenta y uno.

El ilusionista. Benjamín Cañas.

"Una de las principales preocupaciones de todo ilusionista es conseguir que el público valore el número sin que vea el truco. Debe lograr, simultáneamente, captar la atención de los espectadores y distraerlo; que se fijen bien y que se despisten; que, tanto individual como colectivamente, se muestren receptivos y distraídos, que reparen en unas cosas y que otras les pasen inadvertidas. Su talento se apoya en la astucia. Su instrumento es la falibilidad de los sentidos. A quienes menosprecian la ciencia de la magia les digo: en la actualidad la ciencia cede parte de su poder para hacer que nos maravillemos. Un cohete parte hacia el espacio mientras nosotros estamos sentados en el salón y lo presenciamos, dando por sentado que ocurre tal cual lo vemos. Y, sin embargo, un simple mago como yo puede hechizar a la audiencia. Puedo hacer que el público se maraville. Puedo hacer que los espectadores se pregunten ¿cómo coño lo hace? Esto se debe a que los logros de la moderna tecnología son tan complejos, tan fuera de nuestra comprensión, que renunciamos incluso a intentar comprenderlos. Nos limitamos a aceptarlos. No es necesario saber cómo funciona una lanzadera espacial, una grabadora de vídeo, un teléfono móvil, un compacto, un ordenador, para poder utilizarlos. Sin embargo, en el caso de la magia, el 'mecanismo' de un número parece accesible, aunque en definitiva se nos escape. De ahí que afrontemos los simulacros de la magia con un talante que rara vez adoptamos ante los milagros tecnológicos."

Martyn Bedford. El ilusionista.

lunes, 26 de mayo de 2008

Cuarenta.


Anoche me descubrí queriendo saberlo todo. ¿Cómo? ¿cuándo? ¿dónde? ¿con quién? y, lo más importante ¿por qué?... sólo se me ocurrían preguntas. Me reconcomía una insaciable curiosidad. Sabía que ni era el momento ni la persona adecuada para responderlas y aún así estuve haciéndolas durante un rato largo. Muy pocas de ellas obtuvieron una respuesta que me satisfaciera porque, en mi ansiedad, no conseguí aparentar -no fui sutil ni taimada, no tengo remedio- la indiferencia que a ella le habría soltado la lengua. Quizá.

Por eso hoy sigo haciendo las mismas preguntas, y algunas más. Sé que ya no está desquiciado como los primeros días, pero también sé lo difícil que es olvidar.

domingo, 25 de mayo de 2008

Treinta y nueve.


He leído en el periódico que mañana comienza la demolición. No era un edificio bonito, ni siquiera resultaba cómodo porque desde su construcción apenas si se habían efectuado mejoras. Allí no se trabajaba en las mejores condiciones de seguridad, circunstancia que habías ido denunciado con regularidad. Aún así, era donde fichabas todos los días, sin saber nunca cuántas horas te ibas a quedar, durante tantos años y bajo tantas direcciones que para algunos -los veteranos, los que lo habíais ocupado por primera vez- sus paredes encerraban más vivencias, más recuerdos en muchos casos, que vuestro propio hogar.

Desde que empezó la construcción del aparcamiento contiguo -que tan bien te vino, con tu necesidad de tener siempre el coche a mano, bien aparcado y sin dificultad- se resintieron las paredes, los soportes, además de la propia tranquillidad del silencio y la paz en el que decías necesitar para desarrollar tu importante trabajo. Fueron apareciendo grietas que, sin llegar a preocupar, afeaban todavía más las desconchadas paredes de los distintos compartimentos en los que a lo largo de los años se tuvo que ir separando las antiguas instalaciones, para ir acoplando el edificio a sus nuevas funciones, administrativas, médicas y de rehabilitación.

El día que te desalojaron de urgencia ya fue tarde para recoger, para despedirte de todos los aparatos, las máquinas, el mobiliario, las plantas, las fotografías, los documentos, los papeles en general -que parece mentira pero se acumulan- incluso los personales, a lo largo de los años en que los fuiste guardando sin pensar, creyendo que eras tú el que controlaba, que en cualquier momento te los podías llevar, o romper, o tirar. Después del movimiento de tabiques de aquel día y del desalojo obligado por los bomberos, que creyeron que se les venía el edificio encima, nunca más te dejaron entrar a recuperar ni siquiera lo que era tuyo. Mañana los escombros se lo tragarán para siempre. Y seguro que allí estarás tú, mirando, viendo cómo desaparece el escenario de unos años felices de tu vida, sin pestañear.

Ojalá tengas suerte y, como hoy, llueva tan suave y dulcemente que te sirva para disimular las lágrimas que, estoy casi convencida, sin querer vas a derramar.

sábado, 24 de mayo de 2008

Treinta y ocho.


El primer sábado sin lluvia del mes de mayo no podía dedicarlo a otra cosa más que a pequeñas tareas de mini jardinería, que ya le estaba haciendo falta a las plantas que -desde que comenzó la primavera- adornan y aromatizan mi pequeña terraza. He cambiado a tiestos más grandes la albahaca y la menta, he añadido uno pequeño con perejil y un romero casi enano. He podado las rosas amarillas y llenado una jardinera con las margaritas.

Cuando llegamos a esta casa hace ahora casi un año yo me lo tomé todo como algo provisional. La verdad es que tuvimos mucha suerte al encontrar este piso, pequeño aunque suficiente para las dos, con muchas ventanas a la calle, bien situado, de un propietario amigable y colaborador que, aunque no nos lo deja regalado, tampoco especula con nuestra necesidad de una vivienda digna, a pesar de haberlo conseguido en plena temporada alta, con lo que suben los precios en esta zona cuando se acerca el verano. Una vez instaladas aquí yo seguía buscando, no sé muy bien si por no acomodarme o por la necesidad de un espacio más grande, habiendo dejado atrás una casona de campo y un grandísimo jardín.

La verdad es que hemos cambiado mucho (las tres: meri, la casa y yo) desde que llegamos en junio pasado. Y que nos sentimos tan a gusto que, habiendo encontrado un par de pisos más grandes a un precio semejante al que ahora estamos pagando, no queremos movernos de aquí. Hemos hecho nuestro cada rincón de la casa, nos reconocemos de nuevo en nuestras cosas, las que hemos recuperado y las que hemos ido consiguiendo por el camino. El último paso fueron las plantas para la pequeña terraza (o gran balcón) porque quizá el jardín ha sido lo que, en las cuatro estaciones que llevamos ya viviendo aquí, más hemos echado en falta. Cuando al fin me di cuenta de que no había manera de sustituirlo empecé a construir mi propio mini jardín.

viernes, 23 de mayo de 2008

Treinta y siete.

Mermelada de tomate.

Por fin ya es viernes y hay dos preguntas en el aire a las que quiero responder.

No como espaguetis porque no le sientan nada bien a mi salud mental. Es algo que viene de lejos y que algún día cambiará, pero de momento esa clase de pasta no se prepara en mi cocina. Aunque habiendo tantas y tan diferentes variedades para sustituirlos tampoco es una tragedia tan grande. Recuerdo que, cuando dejé el colegio, estuve años y años sin comer lentejas. Y bueno, que llegó un momento en el que ya no las echaba de menos. Pues con los espaguetis es parecido. Aunque la verdad es que no.

Y sí, corazón, si vienes a verme te los preparo, con la salsa que prefieras, que el pesto, con la albahaca fresca que tengo aromatizando la terraza y la casa entera, tampoco se me da mal.

Ya puedo pasar a lo importante porque, además de la salsa de tomate, había pensado también preparar mermelada, y el comentario de violeta azul me da la excusa para dejar aquí la receta, a disposición de quien la quiera copiar. Es la que hacía mi abuela, que me enseñó cuando yo era pequeña y no comía nada que fuese de color rojo. Después de probarla la puse entre las excepciones, que para todo las hay.

Prepararla es tan sencillo como calcular la misma cantidad de tomates maduros que de azúcar, escaldar, pelar y trocear, casi picar, los tomates y poner junto con el azúcar en una cacerola, con unas cortezas de limón, a fuego suave y removiendo, durante bastante tiempo, hasta que la mezcla espese. Después, se deja enfriar y ya estará lista, retirando las cortezas de limón, para ir envasando en unos tarros que tendremos muy limpios y secos, preparados al efecto.

jueves, 22 de mayo de 2008

Treinta y seis.

Tomates raf.

Tardaban demasiado en atenderme y desde la calle entraba una luz que me ha hecho replantearme si desayunaba o salía a pasear. Siempre pienso que cuando me tomo el descanso de media mañana debería airearme y estirar un rato las piernas, no sentarme en la banqueta de la barra hojeando el periódico a la espera de que sea la hora de volver. Aunque lo cierto es que acabo haciéndolo pocas veces, porque me puede la comodidad.

Hoy no lo he pensado demasiado y he salido antes de que me viera Jenny, que me prepara y me sirve el café con leche ya sin preguntar. He pasado por delante del mercado y, aunque suelo ir los viernes a comprar, he entrado a dar una ojeada a la fruta. Y porque verdura no me viene nunca de sobra, además. Maravilla de maravillas, los tomates raf, pequeños, verdes, sabrosos, macizos, en los que en invierno invierto medio sueldo semanal, estaban a euro el quilo. Me he llevado todos los que he podido cargar. Y ahora los tengo metidos en cestas en la terraza para que, con el calor de esta noche, acaben de ponerse rojos y se reblandezcan. Esta semana pasada apenas si he tenido ganas de cocinar pero mañana, que tengo la tarde libre, pienso ponerme a preparar salsa de tomate para unos cuantos meses. El día que me decida a comer de nuevo espaguetis me lo voy a agradecer a mí misma. Y, mientras tanto, ya se me ocurrirán un montón de platos para irlo degustando. Para ese lujo no me alcanza el resto del año, así que ahora lo voy a aprovechar.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Treinta y cinco.


No puedo permitirme el lujo de ser blanda. Tampoco el de resultar demasiado dura y estricta. Así que me encuentro en una disyuntiva que me distorsiona un poco la perspectiva no sólo de la educación, sino también de la propia convivencia.

Me pone como excusa la adolescencia, esa enfermedad por la que con distintos grados todos hemos pasado, para justificar sus salidas de tono, su soberbia, su rebeldía, su indolencia, su egoísmo, su incomprensión, su secretismo, su derroche, su desapego, su rechazo, su silencio... y a mí me pilla sola y cansada, por lo que en algunas ocasiones lo único que me apetece es no discutir y claudicar. Aún así me arriesgo e intento dialogar. Soy cansina, lo acepto, pero es porque las dos nos estamos jugando mucho y por el momento soy yo la única que es consciente de ello. Sólo intento hacérselo comprender.

Hoy estoy muy dolida. Ha pasado toda la tarde toreándome y yo comiéndome la rabia para no montar una bronca de la que las dos acabaríamos arrepintiéndonos. Al final, antes de cenar, sin levantar la voz, casi en susurros, la he castigado. Todavía no sé a qué ni por cuánto tiempo, pero creo que lo único que he conseguido ha sido que las dos nos sintamos mal.