
Bloguear desde la oficina no es sencillo. No sólo porque los pecés son compartidos y a duras penas si se pueden borrar todas las huellas, sino tanto más porque el teclado del que me pilla más cercano -el que suelo usar a diario- es antiguo, duro y lento, con lo que va frenando tanto lo que escribo como lo que al mismo tiempo pienso.
Esta tarde es de las de recuperación. Recuperación del tiempo que no puedo dedicarle a la empresa en horario de mañanas porque he de atender a asuntos para mí mucho más importantes que el fichaje en hora. Y no me apetece absolutamente nada ponerme a trabajar en los asuntos que me he dejado pendientes porque de ellos mejor me ocupo mañana con la mente más despejada. Estando sola aquí pocas opciones me quedan, ya que se me ha olvidado en casa el manual de Historia con el que pensaba ayudarme a pasar la tarde mientras me preparaba el tema para la clase de mañana. Internet, además, va tan rápido ahora que nadie más está conectado que es una lástima desperdiciar la ocasión, así que a esto me voy a dedicar las dos horas largas que he de permanecer aquí encerrada mientras contemplo el atardecer -soleado aunque con esporádicos episodios de lluvia- que queda del otro lado de la ventana, abierta a pesar del frío porque hoy he decidido romper con todas las normas establecidas y sacar el paquete de tabaco, dispuesta a fumarme más de uno.
Buscando una imagen para ilustrar y pensando en la lluvia, he recordado la movida de esta mañana y que tengo un par de fotos en el móvil, que no han resultado premiadas en el concurso 'a ver quién consigue la imagen más patética' que se ha organizado aquí esta mañana, al poco de que estuviéramos cada uno más o menos ubicado en nuestro sitio. Y, dispuesta a contar la historia pues tiempo es lo que hoy me sobra, otra asociación de ideas me ha llevado a la petite, a lo que me maravillo con cada una de sus crónicas de oficina, tan gráficas y bien narradas que más que leer parece que se escuchan. Y en la cantidad de anécdotas y tristezas que cada uno de nosotros guarda de todos esos días, horas y minutos que pasamos trabajando (la mayoría de las veces mal remunerados) y que en tan pocas ocasiones encuentran interlocutor para ser contadas.