domingo, 5 de octubre de 2008

Dame tu mano.


"Coger de la mano a un ser querido puede calmar las neuronas sometidas a estrés."

Esta es una de esas frases que se copian -inmediatamente después de ser leídas, no vayan a ser olvidadas o mal recordadas- en el primer papelillo que se tiene a mano y que, cuando encuentras buscando cualquier otra cosa, te resulta tan familiar que no puedes más que esbozar una sonrisa y rememorar todos esos momentos en los que una mano (su mano) te ha aliviado más que el mejor de los antidepresivos de todos los males del mundo.

La frase en cuestión venía como titular de una de esas noticias de neurociencias que apareció hace tiempo en la prensa (lo del tiempo lo deduzco por el colorcillo un tanto desvaído que tiene ahora la tinta con la que en su día lo escribí) y refiriéndose a 'parejas felizmente casadas', aunque para mí tuvo sentido en otra clase de parejas, la que formamos meri y yo desde que nació y que a pesar de que no siempre puede calificarse de feliz, mantiene viva la confianza, la complicidad y el cariño, que me pide que me siente cerca de ella en el sofá para que nos alcancemos, que, cuando se acuesta quiere que le dé la mano hasta que se duerma, y sobre todo que, cuando se siente angustiada por algún motivo, busca, antes de explicarme -incluso algunas veces, en lugar de explicarme- el calorcillo de mi mano porque sabe que, para ella, siempre está tendida. Y ese contacto, las dos lo sabemos, no sólo alivia a la que padece la angustia.

Ella, además, ahora que está descubriendo esos sentidos que van despertando con la adolescencia, y que no ha leído el artículo, es también consciente de ese poder tranquilizador del contacto, de la caricia de los dedos entrelazados y algunas veces incluso me ha preguntado si sólo funcionará con mi mano. A mí me gustaría engañarla, decirle que sí, para conservar la exclusiva de esos deditos que se mueven entre los míos, pero sé que no debo hacerlo. Así que le digo todo lo contrario. Que aunque ahora sigamos manteniendo esa actitud cariñosa cuando estamos juntas y solas, por desgracia para mí llegará el momento en el que preferirá otras manos, otras caricias, otros dedos con los que entrelazar los suyos. Y se ríe burlándose de mí como si no lo creyese, aunque en el fondo sabe que tengo tanta razón como cuando le decía que un día crecería hasta ser más grande que yo y entonces ya no podría llevarla en brazos.

Así que ahora aprovecho todos esos momentos de manos juntas porque sí, pero también porque además sé que a las dos nos alivia sentirnos unidas por ese eslabón que, pareciendo frágil, une más que la más fuerte de las cadenas.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué tierno me parece este capítulo (porque sigo pensando que aquí tienes algo grande, por eso digo capítulo y no entrada). Qué dulce Meri. Qué sonrisa me sale cuando la imagino burlándose de ti, incrédula.

violetazul dijo...

Qué verdad... me gusta mucho cómo la escribes, es verdad de manos y dedos unidos, haciendo de antidepresivo... que no lo sepan las farmacéuticas!
Besos

alfaro dijo...

La adolescencia de nuestr@s hij@s pasa y en cada crisis regresarán a por esa mano de la infancia...,
una vez pasada la erupción volcánica de la adolescencia una se lleva mejor con ell@s o ell@s con nosotras.
Un beso.

Cecilia Alameda Sol dijo...

Tú la reconfortas a ella y su mano te reconforta a ti. Quizás haya en el futuro algún distanciamiento, es casi ley de vida que los chicos-as quieran distanciarse de sus padres-madres, sentirse independientes, afirmarse a sí mismos negando a quienes le rodean. Pero pasará y vuestras manos volverán a unirse. Estoy segura.

Anónimo dijo...

Lazos invisibles tendidos por manos. Esas manos otro día buscarán otras manos, pero los lazos invisibles que las unen a las tuyas seguirán existiendo. Es cierto que no habrá exclusividad, pero sí matices. Una madre lo es para toda la vida.