sábado, 10 de mayo de 2008

Veintitrés.


Los sábados son días de limpieza. Doméstica, aunque también personal.

Tenía razón Cecilia al decir que la sonrisa surge cuando sale el sol. Así lucía el cielo esta mañana. Así lucía, en realidad, hace tan sólo diez minutos. Ahora vuelve a llover. Fuerte, como suele en esta tierra. Aunque yo no he perdido la sonrisa. A pesar de que acababa de limpiar los cristales, de barrer la terracita y de tender la ropa. Ha habido risas porque de nuevo se habían ido al traste los planes que sólo una hora antes estábamos haciendo, después de varias y contradictorias llamadas telefónicas. No va a haber playa, ni comida al aire libre, ni siquiera exposición pública de Matria en la feria de asociaciones que estaba prevista y que se ha tenido que aplazar.

Esta tarde, después de comernos el cocidito que he puesto rápidamente al fuego, vamos a hacer algo que no solemos, al menos las tres juntas: vamos a marujear en el centro comercial. Me encanta pasar esta tarde de sábado con meri y con marta. Las tres estamos dispuestas a disfrutarlo y, de momento y como buen presagio, además de los truenos, se oyen en casa risas, muchas risas.

viernes, 9 de mayo de 2008

Veintidós.

Fotografía de Marcelo Aurelio

Cuando llueve me quedo pegada al cristal de la ventana. Hay pocas cosas que me puedan arrancar de allí y casi ninguna es de este mundo.

Ayer me pilló la lluvia saliendo del supermercado. Entré con bruma (la había observado por la mañana temprano, tomando la ciudad desde el mar) y salí con chaparrón. Corriendo hacia casa cargada con tres bolsas, casi patinando por el resbaladizo pavimento, pensaba que me había dejado algo pendiente con lo que tenía que acabar.

Muchas horas después creí haber encontrado las palabras justas y me puse a redactar la despedida. Lo hice, portátil sobre las rodillas, directamente on line. La lluvia (el agua) me ayudó con la primera frase. Para el resto utilicé, además de los dedos que tecleaban sin descanso, el corazón. Después, respiré hondo y di por terminada esa etapa.

Ahora llueve despacio, me voy a pasear.

jueves, 8 de mayo de 2008

Veintiuno.


"La calle principal estaba milagrosamente despejada de tráfico. Mientras cruzaba los carriles vacíos vio que algunos coches se subían a la acera. No había policía. Todo eso era obra de los ciudadanos corrientes, que sabían que ese trecho de la calle tenía que permanecer despejado para transportar a los heridos. Las ambulancias bajaban a toda velocidad de dos en fondo, en medio de un delirante estruendo, con luces intermitentes y mareantes, entre el aire lleno de un polvo rosa-gris y de humo procedente de detrás de los bloques de apartamentos."
(...)
"Falcón aceleró el paso. Los edificios no parecían demasiado dañados, pero la gente que asomaba como flotando, llamando y buscando a sus familiares en los espacios que quedaban al pie de los bloques que se iban vaciando eran fantasmas cubiertos de polvo. La luz se había vuelto extraña: el sol estaba cubierto de humo y de una neblina rojiza. Había un olor en el aire que no era de inmediato reconocible a no ser que hubieras estado en alguna guerra. Se coagulaba en las fosas nasales junto con ladrillos y cemento pulverizados, hedor de cloaca, sumidero y un desagradable olor a carne. La atmósfera era vibrante, pero no con ningún ruido perceptible, aunque la gente hacía ruidos -hablaba, tosía, vomitaba y gruñía-: era más un zumbido que transportaba el aire, provocado por una alarma humana colectiva ante la proximidad de la muerte."

Robert Wilson. Los asesinos ocultos.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Veinte.


Hoy, a mediodía, un conversación. Que no es nada de extrañar, excepto si se trata de nosotras y es la hora de comer. Somos una pequeña familia de silenciosas y además solemos estar hambrientas, así que podría decirse que el de sentarse a la mesa no es nuestro mejor momento para hablar.

Ha habido una pelea en el instituto y, aunque no es la primera ni será la última, al parecer esta vez les ha afectado de una manera diferente. Las dos niñas contendientes, de la misma edad de la que me lo contaba, ofrecían una imagen totalmente salvaje ante la mirada atónita de los compañeros que volvían a las aulas después del tiempo de recreo. Se podría decir que las ha salvado la campana, momentáneamente al menos, porque han vuelto a encontrarse a la salida, esperándose una a la otra, el pelo recogido, las uñas afiladas, los rencores a flor de piel... rodeadas por algunos corrillos, que siempre los hay, formados por grupos de adolescentes de diferentes edades y en diversas situaciones, que no podían -unos- apartar los ojos del espectáculo y -otros- jalear para que aquello no acabase. Por fortuna alguien ha tenido la sensatez de sacar su teléfono móvil -que guardan a buen recaudo en el fondo de la mochila- y hacer una llamada a emergencias, que ha enviado tanto a una patrulla de la policía local como a un par de sanitarios por si se producían heridas. Han podido reducirlas y, dando por finalizado el episodio, enviarlas a sus respectivas casas sin una amonestación, sin tomarles los datos para dar un aviso -y algún tirón de orejas, me atrevería a pedir- a sus padres, sin demostrar a los espectadores que aquello tuviese ninguna importancia.

Mientras me lo contaba yo podía ver que estaba indignada a la par que perpleja, no tanto por la pelea en sí, que, repito, no ha sido la única en el tiempo que llevan de curso, sino por las nulas consecuencias que de ella iban a derivarse en la vida de las dos niñas. De la irresponsabilidad de la policía, al limitarse a separarlas y enviarlas a cada una sin más por su propio camino. Como suele hacer después de explicarme con sus propias palabras cuanto acontecimiento le parece relevante, y este asunto de la violencia lo es, ha formulado la pregunta de la que nunca puedo escaparme. Y tú, mamá ¿qué harías? Yo, que estos últimos días no ando demasiado despierta y que en estos temas pretendo no pillarme nunca los dedos, le he contestado que me lo pensaba y después vendría la respuesta. Y porque es difícil y porque ella necesita que sea ecuánime y justa, tendré que decirle que he de seguir pensando.

martes, 6 de mayo de 2008

Diecinueve.

mi macbook, el día del estreno

Las cosas se estropean de dos en dos y en días sucesivos, nunca de una en una y con descansos para ir haciéndose el ánimo de que las cosas están cambiando. No, no es una metáfora, aunque también podría serlo.

Ayer por la tarde, mientras tecleaba mis penas del domingo, mi portátil entró en coma profundo. Todavía no he podido despertarlo y ya me estoy planteando cambiarlo por un iMac ahora que he encontrado un rincón propio donde ponerlo. Después de una pequeña negociación conseguí que meri me prestara el suyo y, poco acostumbrada al sistema operativo, me costó un montón hacerme no sólo con los mandos sino también con la incomodidad de un teclado con diferencia mucho más grande y áspero que el del mac. Esta tarde, para acabar de sumirme en la depresión de los fallos continuados, la conexión a internet por cable ha petado y todavía no me creo haberla recuperado a esta hora de la noche, para poder acostarme con la tranquilidad de haber dejado aquí mi parte de diario. Recuperada con gran esfuerzo la rutina del ejercicio, hasta cierto punto liberador, estos primeros días me lo estoy tomando casi como un compromiso. En parte por necesidad y en otra por el puro placer de la comunicación y el desahogo.

Hablaba ayer de terapia y sé que la decisión está sólo en mis manos. Que me cuesta tomar no sólo por haber tenido hace unos años una experiencia similar que no me ayudó demasiado sino también porque en este ambiente, en esta ciudad, me va a resultar muy difícil encontrar algún profesional en la materia que no esté relacionado con mi exposo, con el handicap que eso pueda suponer en la relación, viciada ya con sólo pensarlo. La situación, si no mejorando, está cambiando, tanto porque me estoy liberando de mis propias limitaciones al poder volver a narrarlo como porque, para bien o para mal, el tiempo va pasando.

lunes, 5 de mayo de 2008

Dieciocho.

Clara enfadada. Autorretrato. Clara Fernández Ortiz.

El de ayer no fue un buen día. Lo pasé completamente sola y lamentándome cuando mi deseo hubiera sido estar con meri o con mi madre. Las circunstancias hicieron que, pendiente de una y de la otra -de si ella decidía venir o, de no hacerlo, me desplazaba yo a casa de mis padres- se me pasara el día entero pendiente del teléfono. Y eso, unido a todo un cúmulo de otras historias que se fueron entrecruzando, me puso de muy mal humor. Que estalló en toda su desmesura cuando, ya tarde, llegó a casa con la excitación que suele traer a la vuelta del pueblo y la mitad de tareas escolares sin hacer. Grité. Como hacía tiempo que no me oía.

Algunas veces, sin motivo aparente, me invaden los recuerdos y me veo atrapada sin remedio entre sentimientos contrapuestos. En esas ocasiones me desequilibro y me desplazo a una velocidad vertiginosa entre la alegría y la tristeza, la euforia y el desánimo, la serenidad y la furia, la valentía y la cobardía... y me cuesta precisar en cuál de esas sensaciones es en la que más a gusto me encuentro.

Hace unos días una de las mujeres me recomendó unas sesiones de terapia. Estuve después hablando, de una manera informal y a distancia, con una psicóloga amiga que ha seguido la evolución de divorcios como el mío y también me anima a hacerlo. Yo no lo sé, pero en situaciones como las de ayer, que afortunadamente no ocurren con mucha frecuencia, daría un mundo por comprender qué me está pasando. Y por canalizar la energía en una dirección completamente opuesta a la que me llevó a gritar de esa manera.

He de reconocer, por otro lado, que soy muy afortunada. Después de enviarla a la cama con una sonora bronca, sin rencores y como si nada hubiera ocurrido, me llamó dulcemente para reclamar su rutina de buenas noches. Luego, se durmió con una sonrisa y hoy estaba ya todo olvidado. Por su parte. A mí todavía me reconcome la sensación de fracaso.

domingo, 4 de mayo de 2008

Diecisiete.

La imagen es del almanaque 2008 de riki blanco.

Hubo un tiempo en el que una persona desconocida copiaba en su blog todos los artículos de desencanto y desamor que yo misma publicaba en el mío. Nunca me dio ninguna explicación de su conducta, a pesar de que al principio solía ponerme en contacto para pedirle que, al menos, mencionara que lo que allí se leía no eran más que palabras prestadas. Su reacción final fue cerrarme la puerta, utilizando alguna herramienta que permitía el acceso tan sólo con invitación formalizada.

Hoy me encuentro con que otra persona -a la que he seguido en silencio durante el tiempo que ha transcurrido desde que descubrí en sus escritos a alguien que me resultaba cercano- vuelve a blindar su ventana. Y no entiendo muy bien por qué se parapeta, aunque por otra parte, si piensa que sé quién es, comprendo de alguna manera su reacción ante mis visitas reiteradas. Yo, que también utilizo el camuflaje de un seudónimo, he llegado aquí precisamente para evitar miradas que no me resultaban gratas. Aún así, sabiendo que quedo de nuevo a merced de la observación indiscreta e inquisitiva de cualquiera que se quiera acercar a mis palabras.

sábado, 3 de mayo de 2008

Dieciséis.


Cebollas caramelizadas.

Para preparar las cebollas caramelizadas se necesitan pocos ingredientes, sentirse a gusto en la cocina, a solas o en buena compañía, y lo más importante de todo, no tener ninguna prisa.

La calidad de las cebollas es lo que más influye en el resultado, así que yo suelo decidirme por las del terreno, tiernas, apretadas, jugosas y dulces en esta época, con lo que no será necesario ni añadir el azúcar que normalmente incorporan la mayoría de las recetas que se encuentran en los manuales clásicos de cocina. Yo las hago en cantidad, con lo que, una vez conservadas o congeladas en raciones pequeñas, puedo disponer de ellas para la preparación o acompañamiento de cualquier plato al que se haya de añadir cebolla frita, que con ésta caramelizada siempre sacará mejor punto de sabor.

Las cebollas, preferentemente tiernas y dulces pues, se pelan y se lavan, se cortan en juliana muy fina, se van colocando en un bol y se rocían con aceite de oliva antes de empezar la cocción. El utensilio más adecuado para cocinar despacio suele ser una sartén honda y de fondo grueso, pero yo utilizo una cazuela de barro y el fuego muy, muy bajo. Se pone un chorretón de aceite y, antes de que se caliente demasiado, se echa en la cazuela la cebolla que habíamos dejado reposando, con todo el jugo que haya soltado. Con una cuchara o espátula de madera se va removiendo poco a poco, evitando siempre que se pegue al fondo y se queme. Cuando se empiezan a dorar es el momento de añadir un poco de pimienta, rosa, aunque pueda parecer un poco sofisticado. Hay que tener en cuenta que puede haber pasado más de media hora desde que empezamos a pocharlas, y que todo ese tiempo, para no irnos aburriendo, lo habremos pasado removiendo la cebolla humeante en la cazuela y absorbiendo el aroma que va desprendiendo. Se puede además escuchar música, charlar, fumar e incluso tomar un vaso de vino. Preferiblemente blanco, del que también echaremos una copita a nuestras cebollas. Es ya el último paso. Se remueve por última vez, con lo que se consigue recuperar todo el caramelo y se apaga el fuego. Después sólo hay que depositarla en una fuente y esperar a que se enfríe. Puedes probar a servirla acompañando ese micuit que guardas para las ocasiones. O añadirla a una sencilla tortilla de patatas. Te va a sorprender su textura y su sabor. Asegurado.

Para violeta azul, por sus dulces palabras.

viernes, 2 de mayo de 2008

Quince.

Cocina. Francisco Mallo.

Tengo por delante un fin de semana en el que lo más conveniente será quedarse en casa. Cuando he salido a media mañana de la oficina para pasar por el banco y tomarme un café no he podido hacer ni una cosa ni la otra. Había cola de gente hasta en el cajero, y mi media hora de descanso no está hecha para pasarla en una de ellas. Se nota el puente porque las calles están llenas de gente que pasea, que se detiene en los escaparates, que llena las cafeterías que suelen permanecer solitarias, que se sabe a distancia que presume porque no tiene prisa.

Aunque sé que también en el supermercado habré de pasar más tiempo del que normalmente tardo en hacer la compra, llevo un rato preparando una lista con todos los artículos que voy a necesitar para mantenerme a cubierto entre las cuatro paredes del pequeño piso. Voy a cocinar.

En la cocina me gusta hacer prácticamente de todo, aunque no dejo de reconocer que resulta aburrido el día a día, con sus espaguetis y sus arroces, sus hamburguesas y sus huevos fritos con patatas, sus verduras y filetes a la plancha... Aprovechando que, como cada principio de mes, tengo el congelador vacío, aprovecharé la oportunidad que me brinda el estar sola y no tener horarios y que con la colonización de la ciudad por parte de los madrileños no me seduce salir para nada, y me dedicaré a volver a llenarlo. Voy a hacer purés y salsas, fondos de guisos y sopas, cebollas caramelizadas, carpaccios de bacalao y ternera, masas para panes y pizzas... dios... se me hace la boca agua...

jueves, 1 de mayo de 2008

Catorce.

Hemos celebrado el 1º de mayo de la mejor manera posible: trabajando.

No sé muy bien cómo comenzó la aventura porque me perdí los preliminares aunque pronto fui convocada para la gestación y puesta en marcha del proyecto. Unas semanas después, con la satisfacción del trabajo bien hecho, esta mañana hemos dado el paso definitivo. La asociación está en marcha y en unos días la daremos a conocer en público.

Porque todas las que nos hemos volcado en ello hemos pasado de alguna manera por la mala experiencia, porque a pesar de todas las zancadillas con que nos hemos encontrado no hemos permitido que nos superaran las dificultades y porque estamos seguras de que ha de haber al menos un camino que simplifique y ayude a pasar los primeros trámites, porque desde nuestra propia perspectiva estamos comprometidas a evitar que las situaciones de violencia y acoso se vuelvan en contra de las mujeres, porque no queremos consentir que se silencien los malos tratos, porque estamos en condiciones de prestar ayuda y asesoramiento y porque deseamos hacerlo. Porque nosotras, que lo pasamos a solas, sabemos lo necesaria que es en esas circuntancias difíciles y traumáticas una persona que no sólo escuche, sino que de verdad comprenda.

Para nosotras está siendo una experiencia enriquecedora. Porque, además de servirnos como terapia grupal para ayudarnos a sacar unos cuantos demonios que se habían quedado enquistados, hemos hecho un grupo compacto de mujeres comprometidas con una energía que ni sabíamos que teníamos. Nuestras individualidades se han fusionado en intereses comunes a través del diálogo y, de alguna manera, la confesión intimista. Hoy nos sentimos orgullosas de nosotras mismas. Ha nacido Matria para brindarse a defender, asesorar, ayudar, o simplemente acompañar y escuchar a cualquier mujer que se sienta acosada o maltratada.