viernes, 9 de mayo de 2008

Veintidós.

Fotografía de Marcelo Aurelio

Cuando llueve me quedo pegada al cristal de la ventana. Hay pocas cosas que me puedan arrancar de allí y casi ninguna es de este mundo.

Ayer me pilló la lluvia saliendo del supermercado. Entré con bruma (la había observado por la mañana temprano, tomando la ciudad desde el mar) y salí con chaparrón. Corriendo hacia casa cargada con tres bolsas, casi patinando por el resbaladizo pavimento, pensaba que me había dejado algo pendiente con lo que tenía que acabar.

Muchas horas después creí haber encontrado las palabras justas y me puse a redactar la despedida. Lo hice, portátil sobre las rodillas, directamente on line. La lluvia (el agua) me ayudó con la primera frase. Para el resto utilicé, además de los dedos que tecleaban sin descanso, el corazón. Después, respiré hondo y di por terminada esa etapa.

Ahora llueve despacio, me voy a pasear.

2 comentarios:

violetazul dijo...

Ojalá lloviera un poquito por aquí, y no solo por la falta que hace, sino para ver si me inspira a mí lo mismo que a tí.. hace rato que tengo un capítulo vacío, al que no paro de pasarle las hojas, todas en blanco, sin encontrar la fuerza necesaria para escribir "adiós" y cerrarlo.
Besos

Cecilia Alameda dijo...

La lluvia es bonita pero el cielo gris es un espejo sombrío que apunta, si no estás en plenitud de facultades, al corazón. Sabes que la lluvia borra rastros y limpia aires, pero cuando sale el sol es cuando realmente se te enciende una sonrisa