jueves, 29 de mayo de 2008

Cuarenta y tres.


El día que (vistos los resultados de los análisis de sangre, que me recomendó por ver si en ellos se descubrían los motivos de la inapetencia y la dejadez) el médico me prohibió -entre otras cosas a las que no di importancia porque no suelen entrar en mi dieta- comer chocolate, creí que era motivo suficiente para el suicidio.

Desde ese momento han pasado cuatro meses y no sólo no he muerto sino que, además, he conseguido perder el hábito de la onza de chocolate nocturna. Aunque me dolió. Las primeras semanas me dolió en el alma la falta de ese sustituto de otras dulzuras, de otras caricias, incluso de otros besos con los que ya nunca podría contar. El próximo lunes toca de nuevo que me saquen un poco de sangre para una revisión de las cifras, a ver si van dejando de ser preocupantes. Así que no es el mejor momento para rendirme. Aún sabiéndolo, hoy no sé si me voy a poder resistir. Tengo una pequeña tarrina de häagen dasz de chocolate en el congelador. Y no estoy segura ni de que vaya a llegar entera a la hora de la cena.

4 comentarios:

Samuel Villena dijo...

Que te prohíban comer chocolate tiene que ser realmente doloroso... Sólo para dar un poco de envidia, hace unos días me han traído unos chocolates de ucrania más ricos!!! Voy ahora mismo a por un poco!

Fernando Manero dijo...

Te compadezco y te felicito a la vez por lo del chocolate. Yo no lo podría dejar, pero admiro a quien lo consigue

Cecilia Alameda dijo...

HE oído decir que el chocolate puro, el negro, es bueno para el organismo. Si tú no puedes comerlo, bueno, pues te quedan las fresas, los albaricoques, las ciruelas, las cerezas. Que son dulces también.

violetazul dijo...

Aunque no lo consumas de forma compulsiva, que te lo prohiban es desagradable, parece que te apetece más..
Yo no suelo comer mucho, pero tengo que confesar que de pronto un domingo por la tarde tengo que darme algún homenaje...
Besos y ánimo