martes, 20 de mayo de 2008

Treinta y cuatro.


Parte de mis libros llegaron el domingo por la tarde. Los saqué enseguida de la bolsa porque cada entrega es una sorpresa. Algunos llevaban tantos años archivados en la parte trasera de las estanterías que incluso me había olvidado de ellos. Todavía están esparcidos por el suelo no tanto porque de verdad no hay sitio donde colocarlos sino porque todavía no sé cómo hacerlo. Y porque tienen una buena capa de polvo que habrá que limpiar antes de ponerlos en su sitio.

Cuando las primeras semanas llegaba una caja, una vieja maleta o una bolsa repleta de lo que se suponía que eran mis cosas, me costaba ponerme a la tarea de ir recobrando lo que había dejado atrás sin esperanza de recuperación. También porque en aquellos días me vencía tan a menudo la tristeza que temía claudicar y convencerme a mí misma del error que había cometido huyendo de aquella manera de lo que hasta entonces había sido mi acomodada vida normal. Movida en parte por la rabia que sentía iba descubriendo entre lágrimas que todo se resumía en unos cuantos objetos que para mí ya no tenían ningún valor. Ex-poso se estaba quedando con lo que de verdad sentía mío y se estaba limitando a vaciar la casa, enviándome los deshechos en lugar de tirarlos directamente en el contenedor. De vez en cuando le encargaba a meri que me trajese algo especial, que debía coger a escondidas porque estaba segura de que si no lo hacía así nunca llegaría de nuevo a mis manos: mis moleskines, mis pashminas, mis zapatos, mis pendientes, mi vajilla japonesa, mis tazas pintadas a mano, mis libros... Yo tan sólo me había traído unos pocos, los que tenía en la mesita de leer y diez o veinte más, sin elegir demasiado, que me cupieron en el enorme bolso en el que hacía ya varios días que iba haciendo, a escondidas y en silencio, mi propia mudanza antes de la huida definitiva. La pobre iba trayendo lo que podía, entremezclado entre su ropa de fin de semana, hasta que un domingo ya no tuvo que esconder nada más. Ese día llegaron tres cajas llenas de libros y al siguiente tres más. Yo todavía no tenía estanterías, así que los fui acumulando debajo de las camas. Luego las entregas se volvieron a parar.

De vez en cuando le pregunto cuántos estantes quedan todavía llenos allí, pero siempre me dice que está todo cambiado, así que ya no sabe cuáles son míos y cuáles no. La cuestión es que cada vez que viene de vuelta confío en que en un arrebato de lucidez le haya preparado alguna bolsa con los que le faltan por entregarme, aunque también temo que cada una de ellas sea la última vez. Creo que sé cómo funciona su mente, un tira y afloja permanente que no sólo desestabiliza a los que le rodean sino mucho más a él mismo. Y que le cuesta reconocer que esta vez ha perdido, por lo que todavía temo, tan en la distancia, sus reacciones.

Lo que también sé es que hoy sólo quería decir lo contenta que estoy con mis libros nuevos-viejos y que me he puesto a escribir tranquilamente lo que no quería contar. Y que eso también me alegra, porque lo he hecho en paz y casi sin pensar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me alegro, porque el proceso de curación avanza. Ya puedes escribir de lo que sería impensable hace un par de meses... Eso está muy bien, estás avanzando mucho, aunque te parezca que los pasos son cortitos...
Muchos besos

Cecilia Alameda dijo...

Recuperas tus libros, pero ya habías recuperado la parte más importante de ti misma. Poco a poco se van afianzando las nuevas condiciones de una vida que tú eliges. Tienes una buena aliada, un apoyo importante. Y tienes tus fuerzas y tu voluntad firme.
un abrazo

violetazul dijo...

Y yo que me alegro tanto.. porque las heridas se van cerrando, más rápido de lo que crees..
Besos y disfruta de tus libros!