lunes, 12 de mayo de 2008

Veintiséis.


Nunca he querido hacer horas extra en ninguno de los trabajos (mal) remunerados en los que, a lo largo de la vida, he ido -sobre todo- aprendiendo. Aprendiendo no sólo rudimentos de informática, de contabilidad, de administración, de relaciones personales, sino también de sindicalismo, de solidaridad, de compañerismo y de relaciones laborales.

Llevo fichando en la misma empresa más de veinte años y es la primera vez que me estoy planteando en serio el ofrecimiento que todos los años por estas fechas me llega acompañado del baremo en tiempo y precio que podría hacer de aquí a finales de junio. Y de verdad que no es por el dinero.

En los últimos meses, sin tener que ofrecer explicaciones de los cambios que estaba sufriendo mi ya de por sí precaria situación personal, he sentido que desde la dirección se me estaba apoyando, en silencio y sin alharacas, hasta el punto de cambiarme a un puesto de trabajo más cómodo y descansado, al que, pasados los días, se fueron añadiendo tareas según yo iba respondiendo. Sin presiones y sin prisas. Me atrevería a decir incluso que con una buena ración de cariño. Que ahora estoy en condiciones de devolver, diciendo que sí a la oferta para que, una más en la lista, se puedan distribuir mejor las tardes de trabajo.

Al llegar a casa he consultado con meri pues es algo que nos afecta a las dos. Cuanto más tiempo pase yo en la oficina, menos tenemos para estar juntas, y ella además se quedaría sola en casa, que por el momento sería la única razón para no aceptarlo. En todo el tiempo que llevamos aquí también se ha dado cuenta de la diferente actitud con la que acudo cada mañana al trabajo y que he podido quedarme con ella cuando lo ha necesitado. Así que me está animando. A mí me queda un poco la sensación de que voy a claudicar en algo que siempre he rechazado, pero creo que esta vez no hay otra respuesta. Así pues, me temo que la decisión, aunque a mí todavía me quede alguna duda, debe estar ya tomada.

1 comentario:

Cecilia Alameda dijo...

Dichosa tú si la gente del trabajo tiene la sensibilidad suficiente como para ayudarte, apoyarte y buscarte acomodo en sitio más favorable. Eso es un tesoro que no suele darse.
Lo mejor, sin embargo, es la complicidad con Meri, el estar con ella, entenderte con ella y que ella pueda contar contigo cuando la necesites.
Adelante, a por el martes.