martes, 29 de julio de 2008

Ochenta y dos.

Tránsito en espiral. Remedios Varo.

Exposo y yo trabajamos en la misma ciudad, en el mismo barrio, casi en la misma calle y con el mismo horario. En un ámbito tan reducido y en el que la mayoría de los pobladores diurnos nos conocemos después de tantos años, solemos cubrir nuestras necesidades más primarias (banco, café, tabaco, pan, prensa) en los mismos locales y a las mismas horas. Aún así, en el largo año que ha pasado desde que él -para mí, al menos- ha cambiado de nombre, apenas si nos hemos entrevisto, de lejos y casi de reojo, con el margen suficiente de espacio como para no encontrarnos, unas seis o siete veces.

(Hasta aquí lo que he empezado a escribir esta mañana, temprano mientras desayunaba, posiblemente bajo los influjos de alguna pesadilla que no recuerdo, reflejo de una conversación que mantuve ayer con meri en la que me contó algunas cosas que hubiese preferido ignorar)

Hoy he salido para el descanso de café un poco más pronto de lo habitual. Necesitaba venir a casa a recoger el telefonino que me había dejado olvidado y quería aprovechar para llevar unos productos de limpieza que compraría por el camino, con lo que me ahorraba tener que bajar por la tarde a la tienda. He cambiado, pues, tanto de hora como de itinerario. A la vuelta, ya dispuesta a tomar el café en la cafetería de costumbre, buscando la sombra me he metido por la calle equivocada. Iba pensando en el error cuando le he visto. Por la misma acera y acercándose. No había posibilidad de evitar el cruce. He maldecido en voz lo suficientemente alta como para que me oyera cualquiera que pasara por allí, he frenado en seco antes de recuperar el paso y, agarrándome fuerte al asa del bolso, he respirado hondo y he acelerado para que sucediera cuanto antes. ' ...dioss...', '...sta lueg...' es todo lo que nos hemos dicho.

Llevaba puesta una camisa rosa en la que me he fijado con gran asombro mientras le veía venir, porque iluminaba de una manera inusual la triste, monocroma y sombría figura a la que me tenía acostumbrada. La incongruencia de ese color sobre su cuerpo es lo que me ha salvado de un ataque de pánico como los que he venido sufriendo desde que, condenados a vernos cada vez que recoge o trae a meri a casa, he tenido la necesidad de estar a corta distancia de su mirada, su escrutinio, su olfato, su impertinente pose de indiferencia...

(Esta parte la he escrito esta tarde, después de comer, todavía con las piernas temblequeando. Había más, pero por primera vez desde que me muevo en esta agua, ha podido más la autocensura. Ahora sé que sigo sin estar lista.)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ufff.
Tiene que ser verdaderamente difícil, corazón. Siento que hayas pasado ese trago,pero también es cierto que la próxima vez, será más fácil. Y cada vez más. Aunque ahora te parezca imposible...

Cecilia Alameda Sol dijo...

Echale todo el valor, todo el orgullo, alza la barbilla... Eres estupenda y se te nota a distancia.
Que no te apabulle nadie. Y que nadie te quite tu trozo de acera.

neoGurb dijo...

Bueeeenoooo....

El otro día una amiga le decía a otra con menos antiguedad en eso del divorcio que para curarse del mismo hacen falta unos dos años. Si es así, llevamos la mitad del camino.

Y si no, lo que te dicen: la próxima vez será menos difícil, seguro.

violetazul dijo...

Y no sabes cómo te entiendo...
No paro de preguntarme, porqué no habrá un botoncito como los del pc, que haga que nos reseteemos de sentimientos...
Besos y valor!