domingo, 20 de julio de 2008

Setenta y siete.


Los sábados por la mañana suelo acompañar el desayuno (el desayuno importante y calmado, pacientemente preparado con tiempo de sobra por delante, la mesa repleta de chucherías que entre semana no pueden ser) con la lectura del periódico del viernes. No por las noticias, que sé que la mayoría ya están caducadas, sino por los fondos del periódico. Esos artículos, esas tribunas, esas columnas en las que hay que detenerse para tomarle el pulso -al menos una vez por semana- al país y al tiempo que estamos viviendo, algunas veces como de lejos, de oídas, de prestado.

Durante el tiempo que he estado desconectada, además de trabajar en la oficina, leer, ir a la playa, dormir ocho horas diarias, dar largos paseos, observar desde el balcón y dedicarme a la cocina, veía la tele. Más de lo acostumbrado y casi fijándome en lo que ponían en la pantalla. Publicidad, mucha publicidad pinches en el canal que pinches, a menos que tengas digital+ que ahora no es el caso. En algunas ocasiones, por otro lado, es lo mejor de la programación, pero para hablar de eso ya existen críticos de la cosa y no voy a hacerles la competencia. Las primeras veces no le di importancia, viendo la sucesión de spots como mensajes que no habían de llegarme, porque poco tenían que ver conmigo, con mi vida real, con la gente que me cruzo a diario, con mi cesta de la compra... Después, me fui percatando de que, a pesar de que a través de los años han evolucionado los nombres de los productos, las formas de presentarlos, la estética de las imágenes y los conceptos de los mensajes, nada ha cambiado en realidad. Se piensa en ello como de pasada -al fin y al cabo no es mi campo- y se archiva en algún lugar de la mente casi como una anécdota, como algo que comentar en una de esas conversaciones que de repente se quedan en blanco.

Y sin embargo, leyendo pausadamente el periódico del viernes una mañana de sábado, me encuentro -dentro del laberinto de Espido Freire- con las palabras justas para expresar la sensación que me había estado rondando.

2 comentarios:

Cecilia Alameda Sol dijo...

Y luego hay quien dice que no es necesario un ministerio de Igualdad, porque somos iguales. Me río yo.
He leído el artículo, como ves. Y le doy la razón a Espido. Las mujeres seguimos siendo "femeninas" en la publicidad a pesar de que a veces hay señores que friegan o que le limpian el culito a su bebé.
La publicidad hay que verla como cortometrajes minúsculos. Yo no me creo casi nada de lo que proclaman.

horabaixa dijo...

Hola Memoria,

El fin de semana, madrugo y lo que más me gusta los articulos del periodico, aunque como tu, sea de el dia anterior.

De la TV prefiero no comentar.