sábado, 9 de agosto de 2008

Noventa y dos.


Aunque pueda parecer una paradoja, ahora que tengo tiempo apenas si dispongo de él. Me dejo llevar por la indolencia y cuando al fin soy consciente de la hora, es porque marca el momento de las comidas o de alguna otra circunstancia de las que se suelen hacer en grupo, en familia, con lo que apenas si salgo de mi ensimismamiento.

En apenas tres días he tenido la suficiente fortuna de dejar de pensar. Dejar de pensar en asuntos que me estaban empezando a obsesionar de una manera enfermiza. Asuntos que no he de resolver porque no dependen de mí, pero para los que buscaba soluciones imposibles. Asuntos que me impedían dormir con la suficiente tranquilidad como para permitirme el descanso. Asuntos, en fin, que han de suceder me ponga yo como como me ponga, por lo que lo más conveniente era, sencillamente, que no me pusiera.

Siento todo el cuerpo dolorido porque de nuevo estoy tomando conciencia de él. Agradezco esas molestias ya que me van a permitir cuidarlo como se merece. Sabía que necesitaba esta reducción al mínimo, este cambio, aunque no podía imaginarme cuánto.

4 comentarios:

Cecilia Alameda Sol dijo...

Encontrarás a tu alrededor gente que te ayude, mecanismos para solucionar (enfrentar al menos) esas circunstancias que te preocupan. Sigue adelante con fuerza

Anónimo dijo...

Me alegro de que el tiempo sea cómplice en este proceso de recuperación de ti misma. Muchos ánimos, y mucha fuerza.
Y descansa, sin más, que es lo que necesitas

Marcelo dijo...

Vos sos yo? Porque a mí me pasa exactamente lo mismo. Si encontrás la solución, acordate de mi. Porque identifico el problema, mas no encuentro la solución.
Empezó la campaña: por 100 comentarios al post n° 100 de Brujaroja. Colabore!

Anónimo dijo...

Es una verdad como un templo que cuanto más tiempo se tiene, más se desperdicia. Está bien eso de premiarnos de vez en cuando con ratitos muertos y escapar del desenfrenado estrés.