jueves, 21 de agosto de 2008

Noventa y seis.


Casi a la misma hora que -en la Estación Sur de Madrid- subíamos ilusionadas al autobús que nos devolvería a casa después de nuestras vacaciones, en la otra parte de la ciudad estallaba un avión que acababa con la vida de más personas que las que allí estábamos haciendo cola para dejar bien colocadas nuestras maletas. Llegamos a destino cansadas pero enteras y fue entonces cuando supimos del accidente.

La muerte es algo que nunca se espera. Pienso en todos los que se despidieron y prometieron llamar en cuanto llegaran. Aunque pienso todavía más en los que, en lugar de esa llamada, recibieron otra para la que no estaban preparados.

2 comentarios:

Cecilia Alameda Sol dijo...

Terrible pensar que personas que hacían el mismo gesto que tú, colocar sus maletas y regresar a casa, o quizás empezar unas deseadas vacaciones, se quedaron en el camino. No estamos preparados, claro que no, ni para quedarnos a mitad de ruta ni para que nos avisen de que no llegarán quienes esperamos.

violetazul dijo...

Horrible, angustioso, y sobre todo tan triste..
Por aquí imposible no conocer a alguien afectado..