domingo, 2 de noviembre de 2008

Mi tiempo y mi espacio.


Algunas tardes, ya anochecido y ahora que empieza a refrescar, redescubro el placer del agua. De la bañera llena de agua caliente y aromatizada con cualquiera de las sales que compré hace unos meses en la jabonería que abrieron en el centro comercial.

Su preparación, con el tiempo, se ha convertido en toda una ceremonia. Aviso a meri con tiempo suficiente para que acapare toda mi atención antes de que mi cuerpo y mi mente se desconecten. Abro el grifo del agua caliente y la dejo correr hasta que alcanza la temperatura que me parece adecuada. Entonces, y no antes, es el momento de poner el tapón de manera que no se pierda ni una gota. Cierro la cortina de baño para que se vaya creando una atmósfera vaporosa y me siento a escuchar cómo va cayendo, porque el sonido, aunque pueda parecer una obviedad, es cambiante. Cuando calculo que va por la mitad, elijo de entre todos los frascos las sales que ese día me pide el cuerpo, abriendo apenas el tapón de corcho. Con una cucharilla tomo la cantidad que me parece suficiente y la esparzo con delicadeza por la superficie del agua, que va cambiando de color, de aroma, incluso de textura. Y empiezo a desnudarme, despacio, delante del espejo que poco a poco se va empañando. Compruebo que lo tengo todo a mano. La esponja, la toalla y el albornoz, la alfombrilla y las zapatillas de rizo y, más que meterme en el agua, me deslizo entre polvos casi mágicos. Antes de que rebose, ya completamente sumergida, cierro el grifo. Cuando he conseguido la postura más cómoda, estirando músculos y relajando articulaciones, apoyo la cabeza en el borde y cierro los ojos. De repente me encuentro flotando en un ingrávido mundo de humedad y silencio que sólo rompe el chapoteo de la esponja cuando absorbe agua para ser derramada por todos los rincones de mi cuerpo. A partir de ahí, me dejo llevar... Es como alcanzar el momento zen que llevas días, semanas, meses, incluso años, esperando.

La bañera no es muy grande, pero es mía, es mi espacio. Y el tiempo que dura mi baño no suele ser demasiado, pero ahora que he conseguido que nadie rompa ese momento de abstracción, de comunión con mi cuerpo, también es mío y como el oro lo estoy valorando.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ah, yo venía a ver si alguien había escrito algo nuevo, antes de ir a ducharme. Imagina cómo voy a tomar ahora el momento. Es uno de los ratos más agradables del día, de mis ratos preferidos, de siempre.

"Compruebo que lo tengo todo a mano. La esponja, la toalla y el albornoz, la alfombrilla y las zapatillas de rizo."

¿Sabes? Lo tienes todo a mano, un todo que abarca mucho más que una esponja, una toalla, un albornoz, una alfombrilla y unas zapatillas de rizo.

Feliz fin de domingo.

Cecilia Alameda Sol dijo...

¡Qué placer! El agua caliente es tan buena para el cuerpo como las sales que habrás derramado dentro.

Anónimo dijo...

Yo redescubrí eso hace ya algo más de un año. Esos baños nocturnos que lo curan todo. El mejor remedio para el insomnio...

Un beso

dudo dijo...

ay,qué ganas me han dado... no sé si ya hoy es muy tarde... no, no: voy a por las sales y a calentar el agua...

alfaro dijo...

Qué bien lo has descrito todo, esa preparación ceremoniosa, ritual, que no falte nada, para el tiempo único y exclusivo...cuánto hecho de menos momentos así..., en que una casi llega a desaparecer dentro de una misma...

me paro a leer los comentarios...y cais que hacemos un club de bañistas o baños reparadores

Un beso.