martes, 3 de junio de 2008

Cuarenta y siete.


Cuando llego a casa a mediodía me cambio. Aunque tenga que volver a salir al cabo de un rato, me cambio. Soy de las que se pone ropa cómoda (aunque no siempre vieja) y zapatillas para andar por casa. Creo que siempre lo he hecho, al menos desde que me recuerdo, y no comprendo cómo puede estar a gusto una persona que, como meri por ejemplo, vive desde que se levanta hasta que se acuesta enfundada en unos ajustados vaqueros y con los zapatos puestos. Pues eso, que aunque sea para un rato, me cambio. Después voy a la cocina y me sirvo una copa de vino, preferiblemente blanco. Mientras lo saboreo voy acabando de preparar la comida al tiempo que tarareo, costumbre ésta que no viene de tan lejos. Pero ésa es otra historia.

Cuando se lo cuento, marta se ríe (no de mí, conmigo) ya que me está diciendo que a ella no le gusta beber sola y se percata al tiempo de que quizá precisamente por esa razón tardó bien poco en iniciarme en el sofisticado y elegante mundo de los cócteles. Ella es viuda, aunque asturiana se siente medio inglesa -no sólo porque su marido lo era sino porque estuvo muchos años trabajando en la embajada en Londres, y como esponja que es no le costó demasiado absorber las mejores costumbres de los british- vive sola con su adorable gata y el mueble bar de su casa sería la envidia de muchos de los locales de copas de la ciudad. Cada vez que voy allí me prepara un combinado diferente y la verdad es que estoy descubriendo unos sabores que me resultaban difíciles de imaginar. Yo, a cambio, le preparo pucheritos y arroces valencianos, con lo que hemos llegado a un acuerdo tácito que a las dos nos ayuda a ir abriendo puertas a nuevas experiencias sensoriales.

Es, además, una persona muy detallista y conmigo ha descubierto la horma de su zapato. Me recuerda tanto a otra mujer que conocí hace unos años que me temo que esta amistad sobrevenida va para largo. Hoy teníamos que decidir cuándo vamos a tomarnos las vacaciones y las dos hemos coincidido en algo: que es una lástima que, porque estamos haciendo el mismo trabajo, vamos a tener que hacerlo en períodos sucesivos, con lo que bien que nos vendría a las dos poder estar al menos una semana juntas en un balneario.

2 comentarios:

Cecilia Alameda dijo...

Se van fraguando amistades nuevas, se van abriendo puertas y posibilidades. Se respira un aire renovado en tus rincones. Huelen tus arroces y suenan alguna risa.
Se está a gusto en esta casa, sobre todo cuando nos ponemos las zapatillas

brujaroja dijo...

¿Sabes que me voy a un balneario la semana que viene?
Curioso ¿no?

¿O no? creo que ya ni es curioso ni nada...
Besos, muchos